Cuando conocí a Nancy y a su pequeña nena, Lili, supe de inmediato que me había hecho de una gran responsabilidad cuidándolas. Ellas vivían en una casa bien acomodada en un barrio privado y de buen ver. Eran, en efecto, un par de chicas con bastantes recursos que sacaron de la miseria a un pobre trovador callejero que se la pasaba día y noche cantando sus canciones en las cantinas y bares de la ciudad.
Durante un año, crecí con ellas hasta volverme la figura paterna de la casa.
