Abrí la puerta, prendí las luces y atravesé el vestíbulo con la cabeza gacha, me quite el abrigo y lo tiré en el sofá, mis manos reposaron un rato sobre el respaldo como para tomar fuerzas, inspiré hondo y me decidí a subir las escaleras para acabar de una vez por todas con lo que sería uno de los momentos más difíciles de mi vida. A través del corredor iba pensando como se lo diría a mi padre, desde que mamá había enfermado de cáncer él no comía, no dormía, no trabajaba, y desde que los médicos le dijeron que no había cura no dejaba de beber. Estaba acabado, el hermoso hombre que había sido, apuesto y galán, mi héroe y mi máxima aspiración era ahora un ser derrotado por el dolor y el alcohol.
Suspiré… estaba frente a la puerta de entrada con la mano en el picaporte, lo giré y el cuadro que se abrió ante mí fue devastador, no pude evitar que las lagrimas corrieran por mis mejillas, mi padre estaba sentado en el piso con una botella de licor en una mano, recostado por el borde de la cama descansando su cabeza sobre la foto de mamá. Me miró y trató de incorporarse pero le fue imposible, quiso engancharse por la manta para impulsarse y volvió a resbalar, mi llanto era cada vez más fluido y me hinqué de rodillas al lado de mi padre, lo miré entre las cortinas de lágrimas y lo abracé.