Aprendí sobre el sexo desde muy joven.
No todas las personas poseen una madre que se preste de forma tan abierta y liberal a que su hija experimente desde joven lo que es la sensualidad, y se inicie lo antes posible en el mundo de las experiencias eróticas.
Tal vez todo comenzó un día, cuando era muy pequeña, en el que vi a mamá amamantar del pene del cartero, aunque en aquel momento no supe muy bien lo que estaba pasando. Mamá ya habría cumplido los treinta y cinco y el chico que repartía el correo era un jovencito de veinte años, tímido, pero enamorado de las tetas de mi madre. A mí me parecía un hombre atractivo, pero para mamá no dejaba de ser un yogurt, muy bien dotado, con el que desayunarse casi todas las mañanas.
Aquel día no había clase y mamá debió de olvidarse de que yo jugaba en el jardín trasero. El cartero llegó sin verme ni yo verle a él.
Escuché ruidos raros y entré en casa para ver que sucedía. Me moví con sigilo. Miré clandestinamente a través de la rendija de la puerta de la cocina y vi a mamá arrodillada junto al fregadero, escupiendo en el pene del chico mientras le masturbaba lentamente.
