Hacer el 69 con Priscilla es una delicia inigualable. Como las dos noches que dormimos juntos son la del viernes y la del sábado, por la ausencia de su madre, nuestro gran momento para el sexo oral es la mañana siguiente.
Cada sábado y cada domingo de mañana la escena se repite. Yo me despierto primero y siento a mi lado la tibieza del cuerpito dulce y sensual de Priscilla. Me parece increíble haberla poseído, haberla hecho gozar como mujer durante toda la noche, haber escuchado sus grititos y sus gemidos amorosos. Nunca hubiera imaginado que los orgasmos de un pequeño cuerpito como el de ella pudieran ser tan intensos y apasionados.
Con estos recuerdos comienzo a acariciarla, descubriendo bajo las sábanas el palpitar de su cuerpo desnudo. Mi mano recorre lentamente la suave tersura infantil de su piel. Primero los hombros, los bracitos delgados, las costillitas marcadas en su costado, la cinturita bien fina, la creciente redondez de las caderas, las piernas esbeltas...Mi hijastra sigue dormida pero suspira entre sueños.
