Durante el crecimiento de todas las niñas, llega un momento en el que reciben la visita del “Príncipe de la perversión”. Esto suele suceder una de esas noches en las que cualquiera de ellas recrea en su mente todos esos estímulos que ha recibido durante el día, a través de lo que haya visto, oído, o de esas conversaciones que se empiezan a tener entre las amigas.
A veces sucede antes, otras después, pero siempre marcan un antes y un después en sus vidas. Su inocencia empieza a perderse para siempre cuando sus dedos se ponen inconscientemente a acariciarse la vagina, pensando en esas cosas que han provocado un cosquilleo en ella, un picor que no consiguen calmar y un rubor que se extiende por su cara, tensando su cuerpo hasta a veces hacerlas desvanecer.
