Mi nombre es Juan. Tengo 38 años y soy un hombre bastante normal. Lo que les voy a contar ocurrió a principios de diciembre del año pasado. Me encontraba en una gran ciudad española con mi hermana, Graciela, de 45 años, comprando regalos navideños para toda la familia. Tanto ella como yo estamos casados y con hijos y nuestras respectivas familias son de lo más convencional, incluso, me atrevería decir, que bastantes conservadoras. Pertenecemos a una clase media, acomodada económicamente, y ninguno de los dos sospechábamos que podría ocurrir lo que ocurrió.
Al salir de unos grandes almacenes pasamos casualmente por un Sex Shop y ambos nos quedamos mirando divertidos, pensando en lo mismo. Tenemos una prima que le gustan las bromas algo "verdes" y subidas de tono y pensamos que en esa tienda podríamos encontrar algo divertido para ella. Al entrar nos quedamos sorprendidos de la amplitud de la tienda y de los cientos de objetos que se vendían en ella, alguno de los cuales no nos habíamos imaginado que pudieran existir: toda clase de consoladores y vibradores de todos los tamaños y colores, sex machines, videos y revistas porno, vaginas de plástico, etc., etc.
