Cuando Lucía comenzó a salir con mi hermano Jesús me llevé una gran alegría. Lucía y yo éramos las mejores amigas desde la infancia. Lo que no imaginaba eras que con esa relación se iniciaba una tortura psicológica que me llevaría a plantearme mis límites y mi visión de la realidad.
Al principio todo iba muy bien. Jesús y Lucía parecían felices. Yo había ganado una hermana. Nada más comenzar su relación, Lucía y yo nos prometimos que nuestra amistad no se veía afectada pasase lo que pasase entre ella y mi hermano. De modo que nuestra relación y confianza creció más. Y ahí surgió el problema. Las inevitables confidencias entre amigas. Y en este caso, naturalmente sobre Jesús, mi propio hermano.
Lucía me mantenía al tanto de las evoluciones de su relación. Pero claro, llegó un momento en que las conversaciones empezaron a tratar de temas de carácter sexual. Al principio me chocó un poco oírla hablar de cómo se magreaban y lo excitante que le resultaba. Pero decidí actuar con naturalidad para no estropear nuestra relación.
Con el tiempo, sus comentarios iban subiendo de tono, pues lógicamente la relación entre ella y Jesús era cada vez mas íntima. Hasta que cierto día me confesó que lo habían hecho. Yo esperaba que la cosa se quedase ahí. Sin embargo me dijo:
