Era uno de los tantos veranos pasados en la casa de mi abuela, en el norte de Argentina, mi país natal. La reunión de los primos era lo mejor de esos meses pasados bajo el calor bochornoso de la provincia de Jujuy. Ocho primos, de varias provincias diferentes, unidos bajo el techo del enorme caserón cercano al centro. En esa edad yo convivía con las furiosas manifestaciones de mi libido en desarrollo y un hambre de mujeres aun no satisfechas. Paliadas apenas con los siempre presentes sacudones de Manuela, la novia que jamás ha abandonado a hombre alguno. Ahora que lo pienso, creo que debo haber quebrado algún récord cuantitativo por aquel tiempo, porque traía un récord parejo de tres pajas diarias durante semanas. Sin embargo, nada era suficiente y cuanta revista de desnudos cayera en mis manos, o fotos casi sugerentes en algún periódico, o catalogo de lencería, o la visión de una estatua femenina desnuda en el parque San Martín, o cualquier cosa de forma parecida ligeramente a una mujer bastaban para motivarme al por mayor.
No había realmente límites para mi calentura, y mis primas y hermana no eran la excepción, pero sobre todo mi hermana. Sonia me había atraído desde siempre, desde que su cuerpo se empezó a desarrollar tempranamente, a sus 12 años. Debo aclarar que ella me lleva 3 años, por lo cual al momento que detalla el relato, tenía 16 hermosos años.