Valeria empezó su juego de seducción a su padre casi inocentemente, a los doce años, cuando sintió entre sus nalgas una tibia dureza proveniente de la entrepierna de su progenitor mientras jugaba en su regazo.
Nada dijo, pero supo en ese mismo momento que el afecto que sentía por el se había trocado en algo diferente, mucho más placentero y dulce, pero diferente. A partir de esa mañana el inocente sentimiento que la atraía a los brazos aún juveniles de su padre se fue convirtiendo en algo que no podía definir pero que la hacía sentirse de manera muy distinta, como si no fuera la misma. Era como si en ella estuvieran conviviendo dos mujeres diferentes, una de las cuales se iba manifestando poco a poco entre los juegos cada vez mas audaces con su progenitor. Algo en ella la impulsaba a mostrarse audazmente a las miradas furtivas de Raúl, sabedora que ambos estaban viviendo un secreto a espaldas de su madre, que inocentemente ayudaba al peligroso juego de padre e hija, creyendo que hacía muy bien para la armonía familiar el permitir que ambos convivieran mucho entre ellos.
Ella no podía pensar que su hijita alimentaba un morbo increíble a sus cortos años y que su esposo compartía esa inclinación desmedida por el sexo que Valeria sentía a pesar de sus escasos años.
