Episodio IV
EPÍLOGO
La casa se había convertido en una cárcel de solo cuatro reclusos. Se podía decir que incluso había dos pandillas diferenciadas dentro de ella. Por un lado el binomio Madre-hijo, que mantenían una frágil relación sujeta con alfileres. Una relación medianamente estrecha pero llena de altibajos debido, por una parte, al carácter inconstante de Marta, que unas veces veía a su hijo como alguien a quien proteger y otras como alguien de quien protegerse y por otra, a cierto tipo de acciones no siempre muy decorosas de Benito.
La segunda pandilla del patio la formaban Fermín y Bea. Padre e hija tenían una relación de conveniencia, más estable quizás que la otra pero todavía menos sólida. Una relación comercial sin tapujos, basada en el intercambio de intereses económico-carnales.
En cualquier caso, cada integrante de la familia hacía su vida por separado intentando, en lo posible, evitarse los unos a los otros.
El único nexo entre ambas bandas eran precisamente Marta y su marido Fermín. Los progenitores no solamente compartían matrimonio. También tenían una empresa heredada del padre de Fermín y ampliada tanto en capital como en tamaño por ambos cabezas de familia. La empresa había crecido en su mayor parte gracias a la incorporación de Marta a la sociedad desde el casamiento de ambos.



