Como suele suceder entre hermanos, todo empezó como un juego. Teníamos… bueno, teníamos la edad suficiente para que pasara lo que pasó, y éramos lo suficientemente jóvenes para no comernos demasiado el coco con cuestiones morales.
Siempre me he dicho que todo ocurrió gracias al imbécil de José Antonio, al que meses antes había regalado con pocos aspavientos mi virginidad, que ya venía sobrándome desde hacía algún tiempo. El caso es que, ya fuera por mi falta de experiencia o por pura torpeza por su parte, el elogiado arte de follar me parecía a mí una estúpida forma de ensuciarse las bragas. Se enfundaba el condón (por lo menos, precaución no le faltaba, Dios le bendiga) y soltaba su inevitable "ahora vas a gozar, nena", e inevitablemente la cosa duraba tres minutos y de goce, poco tirando a nada. Lo tenía bien merecido por ir regalando virginidades a guaperas que sólo piensan en presumir con sus amigos.
